Featured

The Crucial Question: Hope, Courage, and Action

En Espanol

Si tuviera que decirle a alguien en 20 palabras o menos, lo que quería lograr con su vida, ¿qué sería? Tómense 10 segundos para pensarlo. Cada cosa creada actúa para algún propósito. El venado come la hierba para vivir. El árbol toma agua para crecer. Del mismo modo, los seres humanos actuamos con un propósito. Pero la diferencia entre nosotros los humanos y otros animales es que podemos elegir libremente este propósito. Un animal no puede. Podemos elegir lo que queremos lograr.

En su libro clásico Los siete hábitos de las personas altamente efectivas, Stephen Covey escribe que las personas altamente efectivas “comienzan con el fin en mente”. Ser efectivo significa lograr lo que nos propusimos hacer. El punto de Covey no es tanto que debamos actuar para lograr un fin, lo hacemos sin siquiera pensarlo, sino que para ser personas efectivas necesitamos tener nuestro objetivo en mente. Necesitamos pensar hacia dónde queremos ir y luego elegir las cosas que van allí.

Esta no es una idea nueva; Los grandes filósofos hablan de esta práctica como la marca definitoria del hombre o la mujer prudente. La prudencia es elegir el mejor medio para lograr el objetivo. Pero esto genera otra pregunta: ¿Cuál debería ser nuestro objetivo en la vida? ¿Qué fin debemos tener en mente?

En las últimas semanas del año litúrgico, la Iglesia llama nuestra atención precisamente sobre esta cuestión. Ella llama nuestra atención hacia el final de nuestra vida cristiana: el cielo. Todos los domingos profesamos que el cielo es nuestro fin cuando decimos en el Credo, que esperamos “la resurrección de los muertos y la vida del mundo por venir.”

Todos ustedes están aquí por varias razones. No he tenido la oportunidad de conocerlos a todos y no conozco todas sus historias. Pero sí sé esto: Dios te creó, él tiene un buen plan para tu vida y quiere que estés en una comunión cada vez más profunda con Él. Dios te ama tanto que envió a su Hijo unigénito al mundo para que puedas tener comunión con él para siempre. Esto es el cielo. Comunión con Dios.

Otra pregunta: ¿Con qué frecuencia pensamos en el cielo?

Nada más importa realmente excepto en relación con este hecho: Dios te está llamando a vivir con él. Me temo que no pensamos lo suficiente en el cielo. Es fácil distraerse en nuestra cultura con tanto ruido. Estamos constantemente llenos de cosas, por lo que tenemos poco tiempo o energía para pensar en el cielo. Pero si ni siquiera pensamos en el cielo, perdemos la perspectiva eterna de la vida, la única perspectiva que finalmente importa

Aquí hay otra forma de hacer esa última pregunta de manera más práctica: ¿Qué hemos hecho tú y yo para cooperar con la gracia de Dios que nos da esperanza de vida eterna? No es suficiente simplemente saber a dónde deberíamos ir. No es suficiente tener el final en mente. Tenemos que elegir avanzar hacia este objetivo y esa no es una opción única: es algo que tenemos que hacer una y otra vez, incluso cuando nos cuesta algo.

Aquí es donde entran en juego las virtudes que escuchamos en la primera y segunda lecturas: ¿qué virtudes vemos en estas lecturas? Valentia y esperanza

Como muchos de los israelitas en tiempos de los macabeos, los hermanos y su madre en la primera lectura muestran valentia y esperanza en desafiar las órdenes de los helenistas. La lectura de hoy nos da un vistazo a la historia; Puedes leer la saga completa en los libros de los Macabeos. Aquí hay un poco más de contexto sobre cómo los hermanos se convirtieron en mártires:

Cuando el rey griego Antíoco conquistó a Israel, ordenó que los habitantes se sacrificaran a dioses paganos y comieran alimentos inmundos para destruir su identidad cultural. Por miedo, muchos del pueblo del pacto de Israel decidieron conformarse a estas leyes para salvarse.

En contraste, estos hermanos fueron asesinados porque con gran esperanza se negaron valientemente a seguir la cultura prevaleciente incluso a costa de sus vidas. Los siete hermanos y su madre -imaginen esta situación, ustedes que son padres-, saben que permanecer en comunión con Dios es algo por lo que vale la pena morir. Prefieren morir “en integridad, poniendo [toda] su confianza en el Señor”, en lugar de abandonar el pacto. Estaban preparados para morir para permanecer en comunión con Dios.

¿Cómo nos impacta su martirio?

 Parece un compromiso tan pequeño, comer un poco de cerdo, y sus vidas se salvan. Pero al mantener la vida del cuerpo, habrían destruido la vida de sus almas. Recuerdo las palabras del joven santo Dominico Savio que prometió al Señor a una tierna edad “¡Antes morir que pecar!”. Vio claramente, como los macabeos, que el pecado y la separación de Dios son mucho peores que la muerte

Los mártires nos enseñan que la vida y la relación con Cristo exige la voluntad de dejar todo atrás y seguirlo, incluso a la Cruz, para que también podamos levantarnos con él. De hecho, usted y yo que hemos sido bautizados ya hemos muerto, y la vida que vivimos ahora está en Cristo, ya es el comienzo de la vida del mundo por venir. El pecado solo puede matar esta vida dentro de nosotros

Nunca ha sido fácil seguir a Cristo. Ser un discípulo hoy requiere grandes sacrificios. En un mundo post-cristiano, simplemente no caeremos en seguir a Cristo Todos los días, ser discípulo nos exige una elección valiente para seguir a Cristo. Tenemos que comenzar con el cielo en mente y elegir la relación con el Señor todos los días. Porque si no lo hacemos, simplemente seguiremos los caprichos de la cultura en la que nos encontramos. Y nuestra cultura se está volviendo cada vez más anticristiana. La semana pasada, escuché la historia de un joven del quien se burlaron por leer la Biblia durante un momento libre en la escuela.

Escúchenme, como católicos no condenamos todo en nuestra cultura, pero tampoco podemos aceptarlo sin reflexionar. Teniendo en cuenta nuestro fin, tenemos que probar todo por su valor eterno. Al hacerlo, agregamos nuestro propio testimonio al de los mártires; hacemos presente a Cristo en el mundo y cumplimos nuestro llamado bautismal de darle testimonio.

La forma en que Dios nos llama a dar este testimonio es única para cada uno de nosotros. Lo llamamos nuestra vocación. He tenido el privilegio en los últimos 7 años, gracias al generoso apoyo de su parroquia y de la diócesis, para formarme en el seminario. Todos ustedes han facilitado mi cooperación con la gracia de Dios en mi vida a través de su apoyo financiero a cosas como el CSA y, lo que es más importante, a través de sus oraciones

Cuando reflecciono en estos años, se han llenado de grandes alegrías; También han habido muchos momentos en los que se requirió valentia para perseverar en seguir el llamado del Señor. Por la gracia de Dios he crecido en santidad. He aprendido a confiar más en Jesús que en mí mismo. Estoy lejos de ser perfecto, pero estoy tratando de responder al llamado de Dios con valentía cada día.

Espero con ansias el día, en unos pocos meses, cuando seré ordenado como sacerdote. Pero el llamado de Dios no ha terminado para mí. Cada día tendré que comenzar con el fin en mente. Estoy llamado al cielo y a llevar a cuantos mas pueda.

Tu también eres llamado al cielo y llamado a alentar a otros en su viaje al cielo. Jesus te llama a seguirlo valientemente de una manera maravillosamente única, una forma que, en última instancia, solo él conoce por completo. Ya sea para la vida familiar, para el sacerdocio o para la vida religiosa, ruego que respondas con valentía a este llamado y que el Señor dirija todos nuestros “corazones al amor de Dios y a la resistencia de Cristo”!

In English

If you had to tell someone in 20 words or less, what you wanted to accomplish with your life what would it be? Take 10 seconds to think about it.

Every created thing acts for some purpose. The deer eats the grass in order to live. The tree takes up water in order to grow. Likewise, we human beings act for a purpose. But the difference between us humans and other animals is that we can freely chose this purpose. An animal cannot. We can choose what we want to accomplish.

In his classic book the Seven Habits of Highly Effective People, Stephen Covey writes that highly effective people “begin with the end in mind.” To be effective means accomplishing what we set out to do. Covey’s point is not so much that we should act for an end – we do that without even thinking about it – but that to be effective people we need to have our end in mind. We need to think about where we want to go and then choose things go there.

This is not a new idea; the great philosophers talk about this practice as the defining mark of the prudent man or woman. Prudence is choosing the best means to achieve the goal. But this prompts another question: What should be our goal in life? What end should we have in mind?

In the closing weeks of the liturgical year, the Church draws our attention to precisely this question. She draws our attention to the end of our Christian life: heaven. Every Sunday we profess that heaven is our end when say in the Creed, that we “look forward to the resurrection of the dead and the life of the world to come.”

You are all here for various reasons. I haven’t had the chance to meet all of you, and I don’t know all your stories. But I do know this: God created you, he has a good plan for your life, and he wants you to be in an ever-deepening communion with Him. God so loves you that that he sent his only begotten Son into the world that you might have communion with him forever. This is heaven. Communion with God.

Another question: How often do we think about heaven?

Nothing else really matters except in relation to this fact: God is calling you to life with him. I fear that we don’t think about heaven enough. It is easy to become distracted in our culture of so much noise. We are constantly being filled up with stuff and so we have little time or energy to think of heaven. But if we don’t even think of heaven, we lose the eternal perspective on life – the only perspective that ultimately matters.

Here’s another way to ask that last question more practically: What have you and I done to cooperate with God’s grace which gives us hope of eternal life? You see, its not enough to simply know where we should be going. It’s not enough to simply have the end in mind. We have to actually choose to move toward this goal and that’s not a one time choice – its something we have to do over and over again, even when it costs us something.

This is where the virtues we hear of in the 1st and 2nd reading come to bear: what virtues do we see in these readings?  Courage and hope.

Like many of the Israelites in time of the Maccabees, the brothers and their mother in the first reading display courage and hope in defying the orders of the Hellenists. The reading today gives us but a glimpse into the story; you can read the full saga in the books of the Maccabees. Here’s a little more context for how the brothers became martyrs:

When the Greek king Antiochus conquered Israel he mandated that the inhabitants sacrifice to pagan gods and eat unclean food in order destroy their cultural identity. Out of fear, many of the covenant people of Israel decided to conform to this and save themselves.

In contrast, these brothers were being killed because with great hope they courageously refused to go along with the prevailing culture even at cost of their life. The seven brothers and their mother — imagine this situation, you who are parents — they know that remaining in communion with God is something worth dying for. They prefer to die “in integrity, putting [their] whole trust in the Lord,” rather than abandoning the covenant. They were prepared to die in order to remain in communion with God.

How does their martyrdom strike us?

It seems such a small compromise, a little pork, and their lives are spared. But in keeping the life of the body, they would have destroyed the life of their souls. I am reminded of the words of the young saint Dominic Savio who promised the Lord at a tender age “Death rather than sin!”  He saw clearly, like the Maccabeans that sin and separation from God are far worse than death.

The martyrs teach us that the life and relationship with Christ demands a willingness to leave everything behind, and follow him, even to the Cross, so that we also might rise with him. In fact, you and I who have been baptized have already died, and the life we live now is in Christ, it is already the beginning of the life of the world to come. Sin alone can kill this life within us.

It has never been easy to follow Christ. To be a disciple today requires great sacrifices. It requires a daily courageous choice to follow Christ. In a post-Christian world, we won’t simply fall into following Christ. We have to begin with heaven in mind and choose relationship with the Lord every day. Because if we don’t, we will simply follow the whims of the culture we find ourselves in. And our culture is increasingly becoming anti-Christian. Just last week, I heard the story of a young man who was ridiculed for reading the Bible during a free moment at school.

Hear me, we Catholics don’t condemn everything in our culture, but we also cannot accept it without reflection. Having our end in mind, we have to test everything for its eternal value. In doing so, we add our own witness to that of the martyrs; we make Christ present in the world and fulfill our baptismal call.

The way God calls us to give this witness is unique for each of us. We call it our vocation. I have had the privilege over the past 7 years, thanks your generous in supporting your parish and the diocese, to be formed in the seminary. You all have facilitated my cooperation with God’s grace in my life through your financial support of things like the CSA and more importantly through your prayers.

I look back over these years. They have been filled with great joys; there have also been many moments in which courage was required to persevere in following the Lord’s call. Through God’s grace I have grown in holiness. I have learned to trust more and more in Jesus rather than myself. I am far from perfect, but I’m trying to respond to God’s call courageously each day. I look forward to when, in only a few months, I will be ordained to the priesthood. But God’s call is not over for me. Each day I will still have to begin with the end in mind. I am called to heaven and to take as many others with me as I can.

You also are called to heaven and called to encourage others on their journey to heaven. He calls you to follow him courageously in a wonderfully unique way, a way that ultimately only he knows completely. Whether to family life, to priesthood, or religious life. I pray that you will respond with courage to this call and that the Lord direct all our “hearts to the love of God and to the endurance of Christ!”

Featured

How we Christians Confront Evil.

En espanol:

Este último año hemos estado sufriendo como Iglesia ya que hemos tenido que confrontar los escándalos y acciones pecadoras de algunos de los lideres de la iglesia, incluyendo Obispos y Sacerdotes.

Mi corazón se rompió una y otra vez al escuchar las historias del horrible abuso.

Yo no sé cuáles fueron sus reacciones, pero por mi parte, sentí mucha rabia y enojo. 

Me sentí traicionado por la falta de valentía para enfrentar esas maldades, estaba enojado, en parte porque estaba a punto de ser ordenado al diaconado, lo cual significaba que yo podría ser juzgado por las acciones de algunos obispos y sacerdotes, que lastimaron o no protegieron a los miembros más vulnerables de su iglesia.

Sin embargo, muy pronto me di cuenta de que cualquier consecuencia negativa que yo podría experimentar por los escándalos no era nada comparado con el sufrimiento de quienes fueron abusados. El abuso destruye vidas y corazones. Reflexionando en esto, me puse aún más enojado y quería que hubiera justicia para ellos.

Dos sacerdotes en el seminario me animaron a rezar y reflexionar en mis propias reacciones. Mientras expresaba mi enojo y dolor al Señor por las maldades que se habían cometido, el me enseñó como usar la energía derivada de mi enojo y dolor por su gloria.

Reconocí que el Señor me estaba llamando a vivir una vida más santa. El me llamó a que creciera en fe en lo que he aprendido y continuar en despojarme de todo el pecado de mi propia vida.

El Señor también me invitó a ser más valiente al confrontar la maldad a través de la proclamación del Evangelio si lo encontraba conveniente o no.

Hermanos y hermanas, hoy les comparto estas experiencias porque después de Misa, pasaremos un libro que se llama “Carta de la Iglesia que Sufre”, escrito por el Obispo Robert Barron. Este libro ofrece una reflexión teológica sobre el escándalo del año pasado a la luz de la misión de la Iglesia de evangelizar. Les invito a que tomen una copia y lo lean, y consideren lo que Dios les llama a hacer mientras todos sanamos de estos escándalos.

A la luz de las lecturas de hoy, permítanme ofrecer tres puntos principales que debemos tener en cuenta al enfrentarnos al mal en el mundo (ya sea en la Iglesia o en otras circunstancias): oración, santidad vivida en comunidad y proclamación.

En la primera lectura, escuchamos cómo Moisés extiende sus brazos y, a través de su intercesión, Israel derrota a Amalek. Fijese como Moisés no ordena, pero levanta sus manos en oración. En aquellos tiempos, un brazo habría sido levantado como un gesto de mando, mientras que dos indican una acción de oración. Aprendemos a que confrontar el mal debe comenzar con la oración.

Esto significa que cuando nos encontramos con el mal, no debemos tratar de superarlo solos; más bien, debemos aferrarnos más a Jesús. El consejo que recibí fue sabio: cuando experimentamos el mal, nos aferramos a Jesús.

Es por eso que las palabras de nuestro Señor sobre la oración son tan importantes para que las escuchemos. Debemos rezar sin cansarnos.

No debemos dejar de rezar por la injusticia que encontramos en el mundo. Podemos estar cansados emocional o físicamente, pero no podemos dejar que ese hecho afecte nuestra comunión diaria con Cristo en la oración.

Un encuentro con el mal o el sufrimiento debe ser la ocasión para persistir en la oración.

Nuestra oración, que es nuestra relación con Dios, nos conduce naturalmente al segundo principio para enfrentar el pecado y el mal en el mundo: debemos persistir en desear la santidad, lo que significa ser más como Dios

La realidad es que el bien de la gracia activa en nuestras almas – el bien de nuestra santidad que proviene de ser parte de su cuerpo – sobrepasa cualquier cosa que podamos hacer para combatir el mal.

Nuestra primera lectura nos da una metáfora de esta situación:

Los israelitas enfrentaron un ejército mucho mejor equipado y entrenado, pero cada vez que Moisés levantaba sus brazos, Israel salía victorioso en el campo de batalla. Esta señal muestra a los israelitas que no fue por su propia fuerza que ganarían la batalla, sino solo a través de la obra de Dios.

Cuando nos enfrentamos al mal, debemos recordar lo mismo. No seremos victoriosos de nuestro propio poder; más bien, Dios conquista el mal por hacernos santos con nuestra cooperación.

La lectura también nos muestra que la santidad que necesitamos no es un proyecto individual, pero sólo realizable en la comunidad

Moisés no hubiera podido mantener sus brazos en alto sin ayuda. Necesita a Aaron y Hur. Así también, necesitamos la Iglesia. Cristo hace de la Iglesia su instrumento indispensable a través del cual nos da ayuda para ser santos.

No venceremos al mal a menos que estemos en comunión con la Iglesia. No podemos aceptar a Cristo y rechazar la Iglesia que es su cuerpo. Nos necesitamos unos a otros e incluso cuando una parte del cuerpo peca, no podemos abandonarlo.

Esto nos lleva a nuestro tercer principio: la proclamación del Evangelio es la mayor arma que tenemos en la lucha contra el mal dentro de la Iglesia y en el mundo.

En la segunda lectura de hoy, Pablo ordena que Timoteo predique el Evangelio sin falta. Él debe persistentemente “convence, reprende y exhorta con toda paciencia y sabiduría.”. Pablo le habla a Timoteo como obispo; Sin embargo, todos estamos gravemente obligados a predicar el Evangelio, cada uno según su estado de vida. Por eso estamos llamados a seguir el mandato de Pablo con valentía.

Escuchamos muchas razones por las que ocurrieron estos escándalos y la mayoría de ellos tienen algún mérito, pero fundamentalmente estos escándalos traicionan la falta de conversión y la falta de voluntad de proclamarse el Evangelio entre algunos miembros del clero.

Y esto no solo sucede entre el clero. Todos fallamos en proclamar el evangelio a veces. Desafortunadamente, a veces somos tibios al hacer esta proclamación. Para mí, con las personas que es más difíciles de proclamar son las personas más cercanas a mi. Creo que es porque no quiero arriesgarme a perder una amistad diciendo algo cuando sé que debería hacerlo. Siempre hablamos de la presión de grupo con niños y adolescentes, pero creo que es un gran problema para los adultos, y las que se puede perder es mucho mas valioso. Requeire mucha valentia proclamar el Evangelio.

A medida que vale la pena repetir, la iglesia es un hospital para los pecadores, no un museo de santos. Todos necesitamos escuchar las Buenas Nuevas repetidamente.

El mayor mal causado por este escándalo viene del hecho de que podría impedir que las personas proclamen, escuchen o reciban el Evangelio.

No podemos dejar de predicar a Cristo por el mal, incluso el mal causado por miembros o líderes de la iglesia.

Decidámos que vamos a hacer el mejor esfuerzo para nunca dejar de predicar el Evangelio. Porque mis amigos, lo que está en juego es simplemente demasiado importante. El mundo está lleno de personas que han sido heridas por el mal y el pecado. Necesitan escuchar el mensaje de que no importa por lo que han pasado, Dios los ama y desea su bien. Necesitan escuchar que Cristo murió por ellos, para traerles vida nueva.

Hermanos y hermanas, las grandes crisis en la iglesia, como la que hemos experimentado durante el año pasado, exigen la acción de grandes santos. Dios nos está llamando a usted y a mí a ser parte de la solución a eéste escándalo a través de la oración, la santidad de la vida y la proclamación del Evangelio. A través de nuestra santidad y de la oración, que son sus dones para nosotros, que muchos lleguen a conocer a Cristo, para que cuando venga el Hijo del Hombre, de hecho, encuentre fe en la tierra.

Featured

Receiving the better part

Homily from the 16th Sunday of Ordinary Time, Year C

En espanol:

Hace poco más de 225 años, durante el corazón del de la Revolución Francesa, la Iglesia sufría mucho. Los revolucionarios creían que hombres y mujeres religiosos quienes han dedicado sus vidas a la oración, el ayuno, y la penitencia fueron egoístas e inútiles.

En el 17 de Julio de 1794, 16 carmelitas de Compiègne fueron juzgados en un tribunal injusto y fueron condenados a muerte: El cargo: el fanatismo religioso. El juez explico que el fanatismo consisto en, “su apego a sus creencias infantiles y sus prácticas religiosas tontas”. Una de las hermanas santas exclamo: Gocemos, mis queridas Madre y hermanas, en el gozo del Señor, que moriremos por nuestra religión santa, nuestra fe, nuestra confianza en la iglesia católica”

En contraste con otras ejecuciones, cuando las hermanas fueron guiadas a la Guillotina, la multitud se volvió inquietantemente silenciosa y pasiva. No se arrojó comida podrida a las condenadas. Al pie de la imponente máquina de matar, con los ojos al cielo, las hermanas cantaron “Veni Creator Spiritus”, renovaron sus votos religiosos y perdonaron a sus verdugos. Luego, uno por uno, subieron al andamio. La más joven, la hermana Constance, fue primera. Ella subió las escaleras, “con el aire de una reina yendo a recibir su corona,” todo el tiempo cantando “Laudate Dominum omnes gentes” “Alaban al Señor todos los pueblos.” Todas la siguieron, hasta que la última, la priora fue matada.

Estas mujeres fueron matadas porque deseaban ser fieles a su consagración a la una cosa que es necesario: recibir el amor de dios. Ellas eligieron la mejor parte, y aunque murieron, no les fue quitada. La muerte no limitó su amor y amistad con Dios. Ellas sabían que el amor de Dios por ellos era más profundo que la muerte. Sabían que Dios los amaba y confiaba en él más allá de la guillotina.

Estas mujeres heroicas, y miles y miles de mártires como ellas a lo largo de los siglos de la cristiandad, entendieron que, en última instancia, solo una cosa es necesaria en nuestras vidas: que es el mejor parte lo cual es recibir el amor de Dios. Dios quiere que estemos en relación con él para nuestro bienestar. No nos ama porque podemos hacer algo para él, sino por lo que él quiere hacer en nuestras vidas.

Esto significa que la receptividad es primordial en la vida cristiana. La vida cristiana, en el corazón, no se trata de hacer; sino, se trata de recibir del señor. Esto es el parte mejor. Esto es lo que nos muestran los mártires y los santos, y los religiosos y religiosas. Renuncian a ciertos bienes terrenales por el fin celestial al que todos somos llamados. Esto no significa que Dios nos llama a todas a abandonar todas las cosas buenas que hacemos. Hay muchas obras buenas que debemos hacer pero ni una es la parte mejor. Amar a nuestro prójimo y servirlo especialmente cuando hay necesidad es muy importante a nuestra vida cristiana; sin embargo, es mejor recibir del Señor y amarlo, porque al final todas las demás actividades, aunque sean buenas, terminaran.    Recibir, ser amado por el Señor: esta es la mejor parte y nunca se nos puede quitar,

Si todo esto es la verdad, ¿por qué no sentamos y recibir del Señor todos los momentos? En pocas palabras: nuestro orgullo nos impide. Sugiero que hay tres formas en que este orgullo se manifiesta en nuestras vidas. Tres mentiras que creemos basadas en el orgullo que impiden que recibamos el amor de Dios:

La primera mentira que creemos, especialmente si estamos lejos de Dios, es que a Dios no le importa cómo vivimos y, por lo tanto, nuestras acciones no tienen consecuencias para nuestra relación con él. Quizás actuemos como nos importa a Dios, pero en realidad es una muestra para ganar honor, fama, o una reputación. Por ejemplo, vendríamos a la misa porque es una oportunidad de hablar con amigos o porque nos ayuda a presentarnos como buenas personas.

Pero, aunque el exterior se muestra limpio, no dejamos que Dios convierte nuestros corazones. No nos importa que pecamos. Estamos perezosos, tristes por la dificultad asociada con vivir una vida de santidad. Nos quedamos contentos a vivir por otra cosa, pero no por Dios. Y por eso no creemos que necesitamos arrepentirnos de nuestros pecados, porque Dios es un tipo de amor blando. Esto es el ateísmo practico. Suponemos, damos por sentado, la misericordia de Dios y, por lo tanto, vivimos como si Dios no existiera. Creyendo esta mentira, no nos sentamos a los pies de Cristo y recibimos su amor porque él no nos importa mucho.

La segunda mentira orgullosa que creemos es el extremo opuesto al primero. Se convierte en una tentación para aquellos que han reconocido su pecado. No creemos que Dios pueda amarnos por razón de la pesa de nuestros pecados. Por eso desesperamos de la misericordia de Dios. Pensamos que nuestros pecados son demasiados malos para ser perdonados por Dios. No suena como el orgullo, pero es, porque supone que un acta nuestra sea más poderosa que la obra de Dios. Dios vino para salvarnos y puede hacerlo. Creyendo esta mentira, no nos sentamos a los pies de Cristo porque tenemos miedo de mostrar a él, al médico divino, nuestros heridos y pecados.

Quizás, la tercera mentira es más siniestra que las dos anteriores porque combina la primera y la segunda de manera maliciosa. Es la mentira de la autosuficiencia. Creemos que sí, tenemos cosas para hacer para mejorarnos, pero por nuestros esfuerzos podemos alcanzar de la punta donde que estaremos dignos del amor de Dios. En nuestra arrogancia, creemos que podemos hacer cosas suficientes para ganar nuestro camino hacia al cielo. Por eso, Cristo quizás sea un ejemplo bueno para nosotros, pero, no es necesario. No es nuestro salvador. Creyendo esta mentira, no nos sentamos a los pies de Cristo porque no creemos que lo necesitemos.

 Todas estas mentiras vacían la Cruz de su significada: no recibimos el amor de Dios porque él no es una prioridad, no recibimos el amor de Dios porque le tememos, o no recibimos el amor de Dios porque no creemos que lo necesitemos. Hermanos: Tenemos que examinarnos en la luz del conocimiento que María y las hermanas de Francia supieron, y que también Jesucristo nos ha dado en nuestro evangelio de hoy. Tenemos que preguntarnos, con humildad si nuestra relación con Jesús, si recibir su amor esta en el centro de nuestra vida, o si estamos viviendo para otra cosa en lugar de la mejor parte. Porqué separados de él no podemos hacer nada, pero con él todas las cosas son posibles.

¿Qué hacemos cuando nos encontramos creyendo y viviendo de uno o más de estas mentiras orgullosas? Tenemos que rechazarlos y creer la verdad.

Primera, reconozcamos con nuestra manera de vivir que Dios existe.  Así, debemos arrepentirnos de nuestros pecados. El arrepentimiento significa vivir en una manera nueva, ir en una nueva dirección. También, significa que debemos lamentar nuestros pecados, pedir perdón, confesarnos y comprometernos firmemente a cambiar la forma en que vivimos. Cualquiera que sea el pecado, incluso si vivimos bien en los otros aspectos de nuestras vidas, tenemos que ponerle fin hoy. Mañana no.

El segundo hecho que debemos recordar, cuando nos enfrentamos a la desesperación, es que Dios envió a su Hijo para salvarnos, “mientras aún éramos pecadores”. Esto significa que siempre hay esperanza. Incluso cuando sentimos que no haya esperanza, hay esperanza. Cuando todo está oscuro y sentimos que no podemos amar a Dios, Cuando nos sentimos más alejados de Dios, recordamos que Cristo vino y murió por nosotros. No hay pecado tan grande que pueda impedir que el amor de Dios nos alcance. Dios no se cansa de perdonarnos; más bien, nos cansamos de pedir perdón. No nos cansemos nunca de pedirle perdón, siempre lo concederá.

La tercera verdad que debemos recordar es que Dios hace que todo sea posible: sin él no podemos hacer nada. Esto es muy difícil en nuestra sociedad que vale el individualismo. Tenemos que admitir nuestra necesidad por Dios. Tenemos que reconocer que necesitamos estar en comunión con él en todos los días. Prácticamente, esto significa orar todos los días especialmente cuando no sea que nos sintamos con ganas o no y haciendo todo por amor a él.

Hermanos y hermanas, podemos elegir la mejor parte: estar con Cristo. No será quitado de nosotros. Rechacemos las mentiras orgullosas y vivamos para Cristo, y sobre todo recibamos su amor sentado a sus pies.

Sources:

Holding On to Christ and Letting Go of Everything Else

We hunger to have the good forever. The only enduring good is God. To cling to him we have seek and think about what is above. At the same time we must put to death our disordered attachments and stop lying so we can truly see things as they are.

Tenemos hambre de tener el bien para siempre. El único bien duradero es Dios. Para aferrarnos a él tenemos que buscar y pensar en lo que está arriba. Al mismo tiempo, debemos matar nuestros apegos desordenados y dejar de mentir para que realmente podamos ver las cosas tal como son.

Living in the Tension of Twilight

Imagine if you will, with me, the moments just before the dawn. Standing in the twilight just as the sun begins to break the horizon, the direction we face makes a lot of difference as to what we see. Looking west, we see a dark sky. It is difficult to distinguish things. Looking in this direction, it seems like the night will continue forever. All seems in shadow. However, if we turn East where the sky already begins to brighten, we begin to see more clearly that it will soon be full daylight.

We Christians live in the twilight between two ages, and the direction towards which we look matters. We live in the tension of twilight between the coming new radiant world ushered in by Christ’s resurrection, and the passing old dark world of sin and death; and where we choose to look affects the way we live in the world.

The Resurrection is the beginning of the new world which Christ creates. It is the dawn breaking over the horizon of our lives. It sheds new light on everything. When we look at ourselves, others, and the events of our lives in the light of the resurrection, we begin to recognize their true purpose and meaning. We can see that the new world, the new creation, the new heavens, and new earth has already begun to be formed out of the old. Christ is the Firstborn of this creation, and all of us follow after him. 

As the dawn promises the full daylight, the resurrection promises the new world still yet coming to be.  Already, we know Christ’s resurrection, yet we also know that evil still exists. A crucial question for us then is, how do we live in the tension? How do we cope with the darkness that still exists in our world, in others, and even in ourselves?

In the midst of this tension, we must fix our eyes upon the crucified and risen Christ and imitate him in love. How easily we let our sight be drawn westward into the dark night of the old world which is passing away rather than looking towards the dawn! When looking into the darkness of sin and evil in our world, a temptation to despair arises because we know that alone, we are unable to overcome the evil we encounter.  We are tempted to forget what Christ has already done; to forget that behind us the dawn is already here and soon it will be midday.

But if we turn to the radiant dawn, of the resurrected Christ. We are filled with hope. We understand that the only effective response to the darkness in which we live is to love as Christ loved. Divine charity is the motive of every action of Jesus. He came for our good.

Our imitation of him consists in loving others as he has loved us. In doing so we participate in his own victory over evil on the Cross. The Cross, which was the greatest evil, has become the instrument of the greatest work of God: our redemption. Rather than being meaningless suffering, it brings glory to God and salvation for us because Christ endured it with love for us to the end.

The victory won on the Cross is the pattern of every true victory over evil. This victory transforms evil into the source of an even greater good. Like the dissonance in a symphony, which leads to a more beautiful resolution, evil is permitted that it might be transformed by loving sacrifice for the glory of God. Evil is not combatted by more evil, but by transformative love. God does not simply destroy the evil but transforms it into an instrument for his glory when we endure it with love for him and others.

We live with the certain hope that day will break upon us completely, that one day as St. John writes there will be no more tears, no more suffering, no more death. Yet here in the twilight, we must reject the temptation to stare into the darkness and rather fix our eyes on Christ who is the radiant dawn of the new age. We must fix our eyes squarely the crucified and resurrected Christ who has already overcome evil and love as he has loved for in the twilight of our lives we will be judged by our love.

Liturgy Class 1: Who, What, and Why?

This class covers the following question: Who is the central actor in the liturgy? Why do we worship the way we do? What is the purpose of the liturgy?