Homily from the 16th Sunday of Ordinary Time, Year C

En espanol:

Hace poco más de 225 años, durante el corazón del de la Revolución Francesa, la Iglesia sufría mucho. Los revolucionarios creían que hombres y mujeres religiosos quienes han dedicado sus vidas a la oración, el ayuno, y la penitencia fueron egoístas e inútiles.

En el 17 de Julio de 1794, 16 carmelitas de Compiègne fueron juzgados en un tribunal injusto y fueron condenados a muerte: El cargo: el fanatismo religioso. El juez explico que el fanatismo consisto en, “su apego a sus creencias infantiles y sus prácticas religiosas tontas”. Una de las hermanas santas exclamo: Gocemos, mis queridas Madre y hermanas, en el gozo del Señor, que moriremos por nuestra religión santa, nuestra fe, nuestra confianza en la iglesia católica”

En contraste con otras ejecuciones, cuando las hermanas fueron guiadas a la Guillotina, la multitud se volvió inquietantemente silenciosa y pasiva. No se arrojó comida podrida a las condenadas. Al pie de la imponente máquina de matar, con los ojos al cielo, las hermanas cantaron “Veni Creator Spiritus”, renovaron sus votos religiosos y perdonaron a sus verdugos. Luego, uno por uno, subieron al andamio. La más joven, la hermana Constance, fue primera. Ella subió las escaleras, “con el aire de una reina yendo a recibir su corona,” todo el tiempo cantando “Laudate Dominum omnes gentes” “Alaban al Señor todos los pueblos.” Todas la siguieron, hasta que la última, la priora fue matada.

Estas mujeres fueron matadas porque deseaban ser fieles a su consagración a la una cosa que es necesario: recibir el amor de dios. Ellas eligieron la mejor parte, y aunque murieron, no les fue quitada. La muerte no limitó su amor y amistad con Dios. Ellas sabían que el amor de Dios por ellos era más profundo que la muerte. Sabían que Dios los amaba y confiaba en él más allá de la guillotina.

Estas mujeres heroicas, y miles y miles de mártires como ellas a lo largo de los siglos de la cristiandad, entendieron que, en última instancia, solo una cosa es necesaria en nuestras vidas: que es el mejor parte lo cual es recibir el amor de Dios. Dios quiere que estemos en relación con él para nuestro bienestar. No nos ama porque podemos hacer algo para él, sino por lo que él quiere hacer en nuestras vidas.

Esto significa que la receptividad es primordial en la vida cristiana. La vida cristiana, en el corazón, no se trata de hacer; sino, se trata de recibir del señor. Esto es el parte mejor. Esto es lo que nos muestran los mártires y los santos, y los religiosos y religiosas. Renuncian a ciertos bienes terrenales por el fin celestial al que todos somos llamados. Esto no significa que Dios nos llama a todas a abandonar todas las cosas buenas que hacemos. Hay muchas obras buenas que debemos hacer pero ni una es la parte mejor. Amar a nuestro prójimo y servirlo especialmente cuando hay necesidad es muy importante a nuestra vida cristiana; sin embargo, es mejor recibir del Señor y amarlo, porque al final todas las demás actividades, aunque sean buenas, terminaran.    Recibir, ser amado por el Señor: esta es la mejor parte y nunca se nos puede quitar,

Si todo esto es la verdad, ¿por qué no sentamos y recibir del Señor todos los momentos? En pocas palabras: nuestro orgullo nos impide. Sugiero que hay tres formas en que este orgullo se manifiesta en nuestras vidas. Tres mentiras que creemos basadas en el orgullo que impiden que recibamos el amor de Dios:

La primera mentira que creemos, especialmente si estamos lejos de Dios, es que a Dios no le importa cómo vivimos y, por lo tanto, nuestras acciones no tienen consecuencias para nuestra relación con él. Quizás actuemos como nos importa a Dios, pero en realidad es una muestra para ganar honor, fama, o una reputación. Por ejemplo, vendríamos a la misa porque es una oportunidad de hablar con amigos o porque nos ayuda a presentarnos como buenas personas.

Pero, aunque el exterior se muestra limpio, no dejamos que Dios convierte nuestros corazones. No nos importa que pecamos. Estamos perezosos, tristes por la dificultad asociada con vivir una vida de santidad. Nos quedamos contentos a vivir por otra cosa, pero no por Dios. Y por eso no creemos que necesitamos arrepentirnos de nuestros pecados, porque Dios es un tipo de amor blando. Esto es el ateísmo practico. Suponemos, damos por sentado, la misericordia de Dios y, por lo tanto, vivimos como si Dios no existiera. Creyendo esta mentira, no nos sentamos a los pies de Cristo y recibimos su amor porque él no nos importa mucho.

La segunda mentira orgullosa que creemos es el extremo opuesto al primero. Se convierte en una tentación para aquellos que han reconocido su pecado. No creemos que Dios pueda amarnos por razón de la pesa de nuestros pecados. Por eso desesperamos de la misericordia de Dios. Pensamos que nuestros pecados son demasiados malos para ser perdonados por Dios. No suena como el orgullo, pero es, porque supone que un acta nuestra sea más poderosa que la obra de Dios. Dios vino para salvarnos y puede hacerlo. Creyendo esta mentira, no nos sentamos a los pies de Cristo porque tenemos miedo de mostrar a él, al médico divino, nuestros heridos y pecados.

Quizás, la tercera mentira es más siniestra que las dos anteriores porque combina la primera y la segunda de manera maliciosa. Es la mentira de la autosuficiencia. Creemos que sí, tenemos cosas para hacer para mejorarnos, pero por nuestros esfuerzos podemos alcanzar de la punta donde que estaremos dignos del amor de Dios. En nuestra arrogancia, creemos que podemos hacer cosas suficientes para ganar nuestro camino hacia al cielo. Por eso, Cristo quizás sea un ejemplo bueno para nosotros, pero, no es necesario. No es nuestro salvador. Creyendo esta mentira, no nos sentamos a los pies de Cristo porque no creemos que lo necesitemos.

 Todas estas mentiras vacían la Cruz de su significada: no recibimos el amor de Dios porque él no es una prioridad, no recibimos el amor de Dios porque le tememos, o no recibimos el amor de Dios porque no creemos que lo necesitemos. Hermanos: Tenemos que examinarnos en la luz del conocimiento que María y las hermanas de Francia supieron, y que también Jesucristo nos ha dado en nuestro evangelio de hoy. Tenemos que preguntarnos, con humildad si nuestra relación con Jesús, si recibir su amor esta en el centro de nuestra vida, o si estamos viviendo para otra cosa en lugar de la mejor parte. Porqué separados de él no podemos hacer nada, pero con él todas las cosas son posibles.

¿Qué hacemos cuando nos encontramos creyendo y viviendo de uno o más de estas mentiras orgullosas? Tenemos que rechazarlos y creer la verdad.

Primera, reconozcamos con nuestra manera de vivir que Dios existe.  Así, debemos arrepentirnos de nuestros pecados. El arrepentimiento significa vivir en una manera nueva, ir en una nueva dirección. También, significa que debemos lamentar nuestros pecados, pedir perdón, confesarnos y comprometernos firmemente a cambiar la forma en que vivimos. Cualquiera que sea el pecado, incluso si vivimos bien en los otros aspectos de nuestras vidas, tenemos que ponerle fin hoy. Mañana no.

El segundo hecho que debemos recordar, cuando nos enfrentamos a la desesperación, es que Dios envió a su Hijo para salvarnos, “mientras aún éramos pecadores”. Esto significa que siempre hay esperanza. Incluso cuando sentimos que no haya esperanza, hay esperanza. Cuando todo está oscuro y sentimos que no podemos amar a Dios, Cuando nos sentimos más alejados de Dios, recordamos que Cristo vino y murió por nosotros. No hay pecado tan grande que pueda impedir que el amor de Dios nos alcance. Dios no se cansa de perdonarnos; más bien, nos cansamos de pedir perdón. No nos cansemos nunca de pedirle perdón, siempre lo concederá.

La tercera verdad que debemos recordar es que Dios hace que todo sea posible: sin él no podemos hacer nada. Esto es muy difícil en nuestra sociedad que vale el individualismo. Tenemos que admitir nuestra necesidad por Dios. Tenemos que reconocer que necesitamos estar en comunión con él en todos los días. Prácticamente, esto significa orar todos los días especialmente cuando no sea que nos sintamos con ganas o no y haciendo todo por amor a él.

Hermanos y hermanas, podemos elegir la mejor parte: estar con Cristo. No será quitado de nosotros. Rechacemos las mentiras orgullosas y vivamos para Cristo, y sobre todo recibamos su amor sentado a sus pies.

Sources:

Published by Dcn. Will Rooney

Dcn. Will Rooney was born July 3, 1991, to Bill and Megan Rooney. He was baptized at St. Anthony’s Parish in Bryan, TX where his parents had been married. He has two younger brothers, David and Travis. Will received his First Communion at St. Anthony’s and around that time began to think about becoming a priest. Will was confirmed at St. Thomas Aquinas in May 2006. During high school, he actively participated in the parish youth group and was involved in robotics competitions. He and his brothers also raised poultry for 4-H and FFA projects. Upon graduation from A&M Consolidated High School in 2009, Will studied Biological and Agricultural Engineering at Texas A&M University. While at A&M, he worked as a Middle School youth minister and felt a growing desire toward priesthood. In his senior year at A&M, he decided to apply for seminary, was accepted, and began attending Holy Trinity Seminary for pre-theology after he graduated. Two years later, Will was sent to St. Mary’s Seminary in Houston for theological studies. He served his pastoral year at St. Louis, King of France, Catholic Church and School in Austin (2017-2018). He was ordained to the Diaconate May 18, 2019 and currently ministers at Our Lady of the Visitation in Lockhart, TX. He will be ordained to the priesthood in the Summer of 2020.

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