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Si tuviera que decirle a alguien en 20 palabras o menos, lo que quería lograr con su vida, ¿qué sería? Tómense 10 segundos para pensarlo. Cada cosa creada actúa para algún propósito. El venado come la hierba para vivir. El árbol toma agua para crecer. Del mismo modo, los seres humanos actuamos con un propósito. Pero la diferencia entre nosotros los humanos y otros animales es que podemos elegir libremente este propósito. Un animal no puede. Podemos elegir lo que queremos lograr.

En su libro clásico Los siete hábitos de las personas altamente efectivas, Stephen Covey escribe que las personas altamente efectivas “comienzan con el fin en mente”. Ser efectivo significa lograr lo que nos propusimos hacer. El punto de Covey no es tanto que debamos actuar para lograr un fin, lo hacemos sin siquiera pensarlo, sino que para ser personas efectivas necesitamos tener nuestro objetivo en mente. Necesitamos pensar hacia dónde queremos ir y luego elegir las cosas que van allí.

Esta no es una idea nueva; Los grandes filósofos hablan de esta práctica como la marca definitoria del hombre o la mujer prudente. La prudencia es elegir el mejor medio para lograr el objetivo. Pero esto genera otra pregunta: ¿Cuál debería ser nuestro objetivo en la vida? ¿Qué fin debemos tener en mente?

En las últimas semanas del año litúrgico, la Iglesia llama nuestra atención precisamente sobre esta cuestión. Ella llama nuestra atención hacia el final de nuestra vida cristiana: el cielo. Todos los domingos profesamos que el cielo es nuestro fin cuando decimos en el Credo, que esperamos “la resurrección de los muertos y la vida del mundo por venir.”

Todos ustedes están aquí por varias razones. No he tenido la oportunidad de conocerlos a todos y no conozco todas sus historias. Pero sí sé esto: Dios te creó, él tiene un buen plan para tu vida y quiere que estés en una comunión cada vez más profunda con Él. Dios te ama tanto que envió a su Hijo unigénito al mundo para que puedas tener comunión con él para siempre. Esto es el cielo. Comunión con Dios.

Otra pregunta: ¿Con qué frecuencia pensamos en el cielo?

Nada más importa realmente excepto en relación con este hecho: Dios te está llamando a vivir con él. Me temo que no pensamos lo suficiente en el cielo. Es fácil distraerse en nuestra cultura con tanto ruido. Estamos constantemente llenos de cosas, por lo que tenemos poco tiempo o energía para pensar en el cielo. Pero si ni siquiera pensamos en el cielo, perdemos la perspectiva eterna de la vida, la única perspectiva que finalmente importa

Aquí hay otra forma de hacer esa última pregunta de manera más práctica: ¿Qué hemos hecho tú y yo para cooperar con la gracia de Dios que nos da esperanza de vida eterna? No es suficiente simplemente saber a dónde deberíamos ir. No es suficiente tener el final en mente. Tenemos que elegir avanzar hacia este objetivo y esa no es una opción única: es algo que tenemos que hacer una y otra vez, incluso cuando nos cuesta algo.

Aquí es donde entran en juego las virtudes que escuchamos en la primera y segunda lecturas: ¿qué virtudes vemos en estas lecturas? Valentia y esperanza

Como muchos de los israelitas en tiempos de los macabeos, los hermanos y su madre en la primera lectura muestran valentia y esperanza en desafiar las órdenes de los helenistas. La lectura de hoy nos da un vistazo a la historia; Puedes leer la saga completa en los libros de los Macabeos. Aquí hay un poco más de contexto sobre cómo los hermanos se convirtieron en mártires:

Cuando el rey griego Antíoco conquistó a Israel, ordenó que los habitantes se sacrificaran a dioses paganos y comieran alimentos inmundos para destruir su identidad cultural. Por miedo, muchos del pueblo del pacto de Israel decidieron conformarse a estas leyes para salvarse.

En contraste, estos hermanos fueron asesinados porque con gran esperanza se negaron valientemente a seguir la cultura prevaleciente incluso a costa de sus vidas. Los siete hermanos y su madre -imaginen esta situación, ustedes que son padres-, saben que permanecer en comunión con Dios es algo por lo que vale la pena morir. Prefieren morir “en integridad, poniendo [toda] su confianza en el Señor”, en lugar de abandonar el pacto. Estaban preparados para morir para permanecer en comunión con Dios.

¿Cómo nos impacta su martirio?

 Parece un compromiso tan pequeño, comer un poco de cerdo, y sus vidas se salvan. Pero al mantener la vida del cuerpo, habrían destruido la vida de sus almas. Recuerdo las palabras del joven santo Dominico Savio que prometió al Señor a una tierna edad “¡Antes morir que pecar!”. Vio claramente, como los macabeos, que el pecado y la separación de Dios son mucho peores que la muerte

Los mártires nos enseñan que la vida y la relación con Cristo exige la voluntad de dejar todo atrás y seguirlo, incluso a la Cruz, para que también podamos levantarnos con él. De hecho, usted y yo que hemos sido bautizados ya hemos muerto, y la vida que vivimos ahora está en Cristo, ya es el comienzo de la vida del mundo por venir. El pecado solo puede matar esta vida dentro de nosotros

Nunca ha sido fácil seguir a Cristo. Ser un discípulo hoy requiere grandes sacrificios. En un mundo post-cristiano, simplemente no caeremos en seguir a Cristo Todos los días, ser discípulo nos exige una elección valiente para seguir a Cristo. Tenemos que comenzar con el cielo en mente y elegir la relación con el Señor todos los días. Porque si no lo hacemos, simplemente seguiremos los caprichos de la cultura en la que nos encontramos. Y nuestra cultura se está volviendo cada vez más anticristiana. La semana pasada, escuché la historia de un joven del quien se burlaron por leer la Biblia durante un momento libre en la escuela.

Escúchenme, como católicos no condenamos todo en nuestra cultura, pero tampoco podemos aceptarlo sin reflexionar. Teniendo en cuenta nuestro fin, tenemos que probar todo por su valor eterno. Al hacerlo, agregamos nuestro propio testimonio al de los mártires; hacemos presente a Cristo en el mundo y cumplimos nuestro llamado bautismal de darle testimonio.

La forma en que Dios nos llama a dar este testimonio es única para cada uno de nosotros. Lo llamamos nuestra vocación. He tenido el privilegio en los últimos 7 años, gracias al generoso apoyo de su parroquia y de la diócesis, para formarme en el seminario. Todos ustedes han facilitado mi cooperación con la gracia de Dios en mi vida a través de su apoyo financiero a cosas como el CSA y, lo que es más importante, a través de sus oraciones

Cuando reflecciono en estos años, se han llenado de grandes alegrías; También han habido muchos momentos en los que se requirió valentia para perseverar en seguir el llamado del Señor. Por la gracia de Dios he crecido en santidad. He aprendido a confiar más en Jesús que en mí mismo. Estoy lejos de ser perfecto, pero estoy tratando de responder al llamado de Dios con valentía cada día.

Espero con ansias el día, en unos pocos meses, cuando seré ordenado como sacerdote. Pero el llamado de Dios no ha terminado para mí. Cada día tendré que comenzar con el fin en mente. Estoy llamado al cielo y a llevar a cuantos mas pueda.

Tu también eres llamado al cielo y llamado a alentar a otros en su viaje al cielo. Jesus te llama a seguirlo valientemente de una manera maravillosamente única, una forma que, en última instancia, solo él conoce por completo. Ya sea para la vida familiar, para el sacerdocio o para la vida religiosa, ruego que respondas con valentía a este llamado y que el Señor dirija todos nuestros “corazones al amor de Dios y a la resistencia de Cristo”!

In English

If you had to tell someone in 20 words or less, what you wanted to accomplish with your life what would it be? Take 10 seconds to think about it.

Every created thing acts for some purpose. The deer eats the grass in order to live. The tree takes up water in order to grow. Likewise, we human beings act for a purpose. But the difference between us humans and other animals is that we can freely chose this purpose. An animal cannot. We can choose what we want to accomplish.

In his classic book the Seven Habits of Highly Effective People, Stephen Covey writes that highly effective people “begin with the end in mind.” To be effective means accomplishing what we set out to do. Covey’s point is not so much that we should act for an end – we do that without even thinking about it – but that to be effective people we need to have our end in mind. We need to think about where we want to go and then choose things go there.

This is not a new idea; the great philosophers talk about this practice as the defining mark of the prudent man or woman. Prudence is choosing the best means to achieve the goal. But this prompts another question: What should be our goal in life? What end should we have in mind?

In the closing weeks of the liturgical year, the Church draws our attention to precisely this question. She draws our attention to the end of our Christian life: heaven. Every Sunday we profess that heaven is our end when say in the Creed, that we “look forward to the resurrection of the dead and the life of the world to come.”

You are all here for various reasons. I haven’t had the chance to meet all of you, and I don’t know all your stories. But I do know this: God created you, he has a good plan for your life, and he wants you to be in an ever-deepening communion with Him. God so loves you that that he sent his only begotten Son into the world that you might have communion with him forever. This is heaven. Communion with God.

Another question: How often do we think about heaven?

Nothing else really matters except in relation to this fact: God is calling you to life with him. I fear that we don’t think about heaven enough. It is easy to become distracted in our culture of so much noise. We are constantly being filled up with stuff and so we have little time or energy to think of heaven. But if we don’t even think of heaven, we lose the eternal perspective on life – the only perspective that ultimately matters.

Here’s another way to ask that last question more practically: What have you and I done to cooperate with God’s grace which gives us hope of eternal life? You see, its not enough to simply know where we should be going. It’s not enough to simply have the end in mind. We have to actually choose to move toward this goal and that’s not a one time choice – its something we have to do over and over again, even when it costs us something.

This is where the virtues we hear of in the 1st and 2nd reading come to bear: what virtues do we see in these readings?  Courage and hope.

Like many of the Israelites in time of the Maccabees, the brothers and their mother in the first reading display courage and hope in defying the orders of the Hellenists. The reading today gives us but a glimpse into the story; you can read the full saga in the books of the Maccabees. Here’s a little more context for how the brothers became martyrs:

When the Greek king Antiochus conquered Israel he mandated that the inhabitants sacrifice to pagan gods and eat unclean food in order destroy their cultural identity. Out of fear, many of the covenant people of Israel decided to conform to this and save themselves.

In contrast, these brothers were being killed because with great hope they courageously refused to go along with the prevailing culture even at cost of their life. The seven brothers and their mother — imagine this situation, you who are parents — they know that remaining in communion with God is something worth dying for. They prefer to die “in integrity, putting [their] whole trust in the Lord,” rather than abandoning the covenant. They were prepared to die in order to remain in communion with God.

How does their martyrdom strike us?

It seems such a small compromise, a little pork, and their lives are spared. But in keeping the life of the body, they would have destroyed the life of their souls. I am reminded of the words of the young saint Dominic Savio who promised the Lord at a tender age “Death rather than sin!”  He saw clearly, like the Maccabeans that sin and separation from God are far worse than death.

The martyrs teach us that the life and relationship with Christ demands a willingness to leave everything behind, and follow him, even to the Cross, so that we also might rise with him. In fact, you and I who have been baptized have already died, and the life we live now is in Christ, it is already the beginning of the life of the world to come. Sin alone can kill this life within us.

It has never been easy to follow Christ. To be a disciple today requires great sacrifices. It requires a daily courageous choice to follow Christ. In a post-Christian world, we won’t simply fall into following Christ. We have to begin with heaven in mind and choose relationship with the Lord every day. Because if we don’t, we will simply follow the whims of the culture we find ourselves in. And our culture is increasingly becoming anti-Christian. Just last week, I heard the story of a young man who was ridiculed for reading the Bible during a free moment at school.

Hear me, we Catholics don’t condemn everything in our culture, but we also cannot accept it without reflection. Having our end in mind, we have to test everything for its eternal value. In doing so, we add our own witness to that of the martyrs; we make Christ present in the world and fulfill our baptismal call.

The way God calls us to give this witness is unique for each of us. We call it our vocation. I have had the privilege over the past 7 years, thanks your generous in supporting your parish and the diocese, to be formed in the seminary. You all have facilitated my cooperation with God’s grace in my life through your financial support of things like the CSA and more importantly through your prayers.

I look back over these years. They have been filled with great joys; there have also been many moments in which courage was required to persevere in following the Lord’s call. Through God’s grace I have grown in holiness. I have learned to trust more and more in Jesus rather than myself. I am far from perfect, but I’m trying to respond to God’s call courageously each day. I look forward to when, in only a few months, I will be ordained to the priesthood. But God’s call is not over for me. Each day I will still have to begin with the end in mind. I am called to heaven and to take as many others with me as I can.

You also are called to heaven and called to encourage others on their journey to heaven. He calls you to follow him courageously in a wonderfully unique way, a way that ultimately only he knows completely. Whether to family life, to priesthood, or religious life. I pray that you will respond with courage to this call and that the Lord direct all our “hearts to the love of God and to the endurance of Christ!”

Published by Dcn. Will Rooney

Dcn. Will Rooney was born July 3, 1991, to Bill and Megan Rooney. He was baptized at St. Anthony’s Parish in Bryan, TX where his parents had been married. He has two younger brothers, David and Travis. Will received his First Communion at St. Anthony’s and around that time began to think about becoming a priest. Will was confirmed at St. Thomas Aquinas in May 2006. During high school, he actively participated in the parish youth group and was involved in robotics competitions. He and his brothers also raised poultry for 4-H and FFA projects. Upon graduation from A&M Consolidated High School in 2009, Will studied Biological and Agricultural Engineering at Texas A&M University. While at A&M, he worked as a Middle School youth minister and felt a growing desire toward priesthood. In his senior year at A&M, he decided to apply for seminary, was accepted, and began attending Holy Trinity Seminary for pre-theology after he graduated. Two years later, Will was sent to St. Mary’s Seminary in Houston for theological studies. He served his pastoral year at St. Louis, King of France, Catholic Church and School in Austin (2017-2018). He was ordained to the Diaconate May 18, 2019 and currently ministers at Our Lady of the Visitation in Lockhart, TX. He will be ordained to the priesthood in the Summer of 2020.

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